Arenas del Camino

Presentación de la Obra

A la vuelta de la literatura gauchesca todavía hay poetas que viven y cantan con la voz libre y llena de plenitud. No nace cuadriculada desde el asfalto ni llega después de haber perforado el humo de las chimeneas urbanas. Es una voz que nace transparente y límpida desde su origen. No se mancha ni se oscurece casi con la tinta de imprenta. Es una voz que surge como una montaña o un árbol en medio de la tierra. Solo techada por el cielo hacia arriba y el suelo hacia abajo. No tiene límites la voz. Como tampoco lo tiene el corazón del cantor. Este no palpita al ritmo sanguíneo, sino al ritmo de la libertad plena. Es un corazón que marca todo el paso del ser.

La vida del poeta viene después. Plena, armoniosa, vibrante. Todo lo que canta está sellado por la vida vivida y por la conducta coherente. Nunca sale un canto que no lo respalde la vida. La vida no está detrás del canto, sino en el canto. El canto es la voz absoluta del hombre. Con ese lenguaje acusa, se subleva y ajusticia. Es un canto que grita su rebeldía. Y que no se enmarca en ningún contorno. Solo está clavado como un ñandubay entre la justicia y la libertad, entre el cielo y la tierra.

Los pamperos rasantes de los años han bandeado al cantor. Pero no a su conducta. Esta está siempre apuntada y firme en la estaca del ideal. Podrá vibrar o cimbrarse. Pero nunca romperse o doblegarse. M. Cuadrado Hernández galopa sobre su ideal hacia su destino sin apuro y al tranco. Los dos han de llegar porque tienen la misma voz y el mismo camino.

Desde ya se puede anticipar que ningún poema será tan grande, tan noble, tan verdadero como el hombre. El hombre no escribe versos. Los respira. Su sangre salta en ellos a borbotones.

 

Julio Mafud